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Desarrollo

La mirada del programador, mucho mejor que Acero Azul

Publicado Alfonso Cala 09 March 2016

Valgan estas líneas como homenaje a nuestros compañeros programadores… esa especie. Si has trabajado alguna vez con un programador cerca, sin caer en demasiados estereotipos, sabrás perfectamente de lo que estamos hablando.

Un programador es una persona especial, distinta, con una capacidad analítica fuera de toda duda y el ojo perfectamente entrenado para encontrar el bug, ese pedacito de código que está haciendo petar una web, en una ristra de código ininteligible para el resto de los mortales.

Concentrados en su trabajo, en pleno flow, son un verdadero espectáculo. Da gusto verlos aporrear el teclado a toda velocidad, pivotar entre diferentes programas y ejecutar todos los atajos de teclado posibles. Y todo con sentido, claro. 

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Cuando se reúnen dos o más de nuestros especímenes la cuestión adquiere tintes extraterrenales. Es ponerse a hablar entre ellos y reírse de sus propias ocurrencias y tener claro que ellos son de otro planeta muy distante al nuestro. Nosotros lo llamamos hablar en Furby, en homenaje a estos simpáticos/inquietantes personajes infantiles.

Además, son extremadamente útiles. Son imprescindibles en toda agencia y la voz autorizada en cuestiones tecnológicas, no sólo en lo referente al trabajo diario, sino también en todo lo concerniente al ocio digital. Si necesitas comprarte un portátil nuevo seguro que hay un programador que te habla del último modelo de tarjeta gráfica, si estás pensando renovar tu móvil recurre a tu primo informático, seguro que te da buenos consejos, y así sucesivamente.

Un ejemplo de trabajo que ha tenido lugar mientras escribía este post. Te encuentras desesperado desarrollando cualquier pieza, una newsletter en este caso, y tu compañero programador, apiadándose de tu lastimosa situación, se saca de la chistera una url con una aplicación que limpia, fija y da esplendor a tu diseño, dejándolo impoluto y listo para ser enviado. Pura magia. Y encima son entrañables… los programadores, ojo, los Furbys no.

 

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Bueno pues hablando de programadores resulta que hay una metodología de desarrollo que se llama Extreme programming que, entre otras muchas cuestiones, tiene una característica fundamental que se llama programación en parejas. Es decir, dos programadores desarrollando en el mismo puesto. Con ello se consigue un código de más calidad ya que está siendo revisado sobre la marcha, consiguiendo a la larga una mayor productividad.

Pues de algo similar venía yo a hablaros, concretamente de un fenómeno que sucede a diario en cualquier agencia. Supongo que se deberá al poder hipnotizador del programador, a su capacidad innata para detectar el código incorrecto o a su figura de autoridad en materia de tecnología. El caso es que no hay fallo de maquetación o incorrecto funcionamiento de un programa que sea capaz de soportar la mirada inquisitiva de uno de nuestros expertos programadores.

El proceso es muy sencillo:

Primer paso

Uno de los compañeros se enfrenta a un problema que no es capaz de solucionar y, tras 20 minutos de desesperación, levanta la cabeza buscando la mirada cómplice de su programador de cabecera.

Segundo paso

En este momento pueden suceder dos cosas, que el programador reciba la señal y se acerque a la mesa del desvalido compañero o que le haya pasado desapercibida. La solución al segundo caso: una llamada de auxilio al chat de la empresa, un silbido o directamente reclamar ayuda acercándose a su mesa.

Tercer paso

Y aquí sucede el fenómeno. El compañero en apuros reproduce el error en el que lleva enrocado un buen rato delante del programador y, de repente, sólo por la acción sanadora de su mirada, el error se soluciona. Ya no hay fallos en esa web, ni bloqueo en el programa que te ha ralentizado media mañana, ya tira Internet. Todo funciona correctamente, ¡Aleluya!. Y todo gracias a tu compañero programador y su poderosa mirada.

Ahora que lo pienso, me recuerda en cierto modo a esa frase tan de madre cuando estás buscando algo y, por más que lo buscas donde ella te dice que debe estar, no lo encuentras. No tarda mucho en oirse un “como vaya yo…” Decidido, el próximo post de homenaje se lo escribo a nuestras madres.

 

 

 

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